arena y piedra

>>RECUPERADO<<

Nadie sabe lo que escribió, porque nadie pudo leerlo. ¿Y si no escribió palabras? Admitimos que pudo hacer milagros, cosas especiales. Así que, ¿por qué no?
¿Y si sólo dejó su huella sobre la arena?. Su firma. Su “yo estuve aquí”.
¿Y si sólo se dejó a sí mismo sobre la arena?
¿Y si no dejó palabras, razonamientos, sino su propia vida, su Amor.
¿Y si sólo lloró sobre la arena y dejó allí sus lágrimas, que luego arrastraría el mar, o se evaporarían por la acción del sol?

Y todo lo que allí “escribió”, quedó para siempre oculto a los ojos de los demás, pero vivo entre todos, esperando ser descubierto por cada uno… ¿Te imaginas? Un secreto, un gran secreto, flotando en el aire, esperando que tú lo descubras. ¿Te imaginas? Un secreto que no puedes leer, tocar, oler, pensar. Sólo sentir. O ni siquiera eso: sólo VIVIR.

El gran secreto de la vida, escrito sobre la arena porque fue la única que se dejó tocar. ¡Tocar por Dios!

Quién fuera arena…

O aunque solo hiciera un dibujo para matar el tiempo… ¡Quién fuera arena!

>>RECUPERADO<<

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JUAN 8:6-11
Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.
Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.
Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.
Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?
Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

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Siempre he podido encontrarte allí. En la arena. Es nuestro lugar seguro. Porque sé que allí siempre estás. Y estás sólo, con el Padre, en silencio. Y no me abruma tu mirada, porque miras al suelo, lo que escribes. Los ojos atentos a la arena, los oídos atentos en la escucha. Y camino 3, 4, 5 pasos, hacia tí. Me siento lo bastante cerca, pero no demasiado. Cada uno necesita su espacio. Miro la arena, y cierro los ojos.

Y es entonces cuando tu presencia me inunda y me embriaga. Me colma, me sacia y me desborda. Sin palabras. Sin ruidos. Muchas veces con lágrimas silenciosas.

Viviría toda mi vida contigo. Allí, sobre esa arena. Y en silencio.

Muchas veces olvido que tú no castigas. Me quedo en el momento de calma, y olvido que tú la perdonaste a ella, y me perdonas a mí. Porque la culpa no cesa y oigo un susurro: “quieres convencerte de eso para sentirte mejor”. Pero ¿dónde está la verdad? ¿En tu perdón o en mi falta de él? ¿En la piedra o en tus palabras? “Vete y no peques más”.

No peques más.
No me falles.
No me dejes.
No te escondas.
No vivas en falsedad.
Yo estaré contigo.
Vive tú para mí.

Pero, ¿cómo? Ahora… todo es distinto.
Hay tanto que construir y reconstruir.

Vete y no peques más.

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