atardecer

Sólo empezar a mirar atrás duele muchísimo. Y ciertamente no entiendo el motivo, porque ha pasado tanto tiempo, y …

Yo no creo en un Dios rencoroso, sino en un Dios del perdón, que acoge, recibe, perdona y ama. Como dice la Hermana Glenda: “si conocieras el Amor que Dios te tiene. Si descubrieras lo que él te quiere regalar.” Y lo sé. No sólo en la mente, sino también en el corazón, en la piel, en cada uno de mis huesos.
Así que no es Él quien me hiere, sino yo misma. Y ese es el motivo de esta confesión. Corta o larga, lo descubriremos juntos. Pero motivada por la necesidad de curar.

Las historias, sobre todo las que hieren, son a veces como un espejo que ha caído al suelo y se ha roto en mil pedazos: surgen infinitos reflejos, partes, porciones, que no son comprensibles por sí mismas, pero que forman parte de un todo. Así es mi vida, hecha de pedazos que forman un todo. Difícil de comprender cuando no los tienes todos. Un puzle de curvas y rectas, de esquinazos y cortes, de piezas rotas. Y que sólo cobra sentido cuando está en sus manos.

El domingo pasado, llorando a sus pies, sin ser capaz de expresarme una vez más, me dijo: “Mi alma está sedienta de tí, Señor, Dios mío” (Sal. 62). Esas palabras despertaron mi atención en la Palabra que oía. ¿Soy yo implorando, o todos lo han oído? Y a continuación, la Parábola de las diez doncellas. Oh pobres, las necias, que se quedaron fuera del banquete…
D. explicó la Palabra de una forma tan distinta a como siempre la había entendido… y en ese momento, fue como si Dios mismo me hubiera tirado de la cama esa mañana para ir temprano a escuchar su Palabra a solas, en silencio. Hubiera deseado que no terminara nunca su compañía, que ese abrazo hubiera durado para siempre.

“Velad, porque no sabéis el día ni la hora.” Lejos de ser una amenaza, se convertía de pronto en una invitación. Invitación a trabajar, a seguir abriendo mi corazón y mi alma. A estar disponible para hablar, escuchar, y sobre todo, a hacer.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansía de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R/.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R/.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas
canto con júbilo. R/.

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