corazón

Querida C.

No supe, en su momento, comprender todo lo que me decías. Ni asimilar lo que sucedía. Lo que me sucedía. Creo que no supe explicarlo del todo, pero sobre todo no supe comprender tus palabras, que tú me comprendías, que me aceptabas tal cual era yo, y sobre todo, lo más importante, que Cristo lo hacía.
Los años te dan eso: entendimiento (además de arrugas, aunque de momento no me quejo de eso). He tardado, mucho, pero ahora entiendo mucho más. Es como si mi mente se hubiera abierto a más dimensiones en la fe y en el conocimiento de Dios. Y por lo tanto, también en el conocimiento de mi propia fe. He conocido a otras personas, con sus diferentes carismas, y eso ¡me ha enriquecido tantísimo! Su forma de mirar a María nuestra Madre, su forma de llevar su fe por delante en una sociedad donde parece que sólo vales lo que los demás puedan obtener de tí… He comprendido que hay aspectos que “no han visto” de la forma en la que yo lo he vivido, experiencias de iniciación cristiana, por ejemplo. Y eso me ha hecho darme cuenta de que somos tan diferentes, y a la vez estamos tan unidos como hermanos.

Pero también me ha hecho preguntarme ¿por qué el profundo amor a Jesús parece un tabú? Sí, compartimos una misma fe, hablamos y catequizamos la Palabra de Dios, sus parábolas, sus enseñanzas. Se nos llena la boca con “la acción social de la Iglesia”, el compromiso, las acciones que se deben emprender, que la fe se convierta en hechos y no sean solo palabras… Correcto, necesario, imprescindible.
Pero no hay un discurso sobre el Amor, o al menos a mí no me llega. No el Amor teórico, no las palabras huecas. Sino el Amor personal, incluso individual. El Amor Enamorado. El Amor que abrasa, que arrastra, que arrasa. El Amor que destruye para reconstruir. El Amor que arde, capaz de cualquier cosa.

Se podría decir que me he criado bajo las faldas de San Agustín, viendo una llama en su libro, en su mano, en su corazón. Y quizá de tanto mirar esa llama, que no para de arder nunca, yo también empecé a arder.

Sé que hay más personas a las que les pasa (tiene que haberlas, aunque no las conozca), pero tengo la impresión de que callan. De que hay límites en cualquier discurso, como si fuera algo tan personal que debe quedar para uno mismo, para su intimidad con Jesús. Como si ese ardor, ese Amor, fuera cosa exclusiva de curas y monjas, de Santos o iluminados.

Querida C., te echo de menos, todos estos años te he echado de menos. Perdona si de vez en cuando te escribo estas cartas, aunque no te las mande. Perdona si, si en algún momento encuentro el coraje, vuelvo a tus cartas, las que con tanto amor me escribías. Te extraño. A tí y la Verdad que compartimos.

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