campo de trigo

Señor, he de admitir que ya no llego a nuestra playa con la misma facilidad que antes. No sé si es esta ciudad que me ahoga y ahoga todo en mí. Si es señal de que voy perdiendo cualquier atisbo de inocencia, de frescura. O lo que yo le diría a alguien que me dijera eso: “la falta de práctica. Necesitar sacar tiempos y momentos, las relaciones hay que cuidarlas. Y poco a poco, sin que te des cuenta, cada vez será más fácil.”
No es que no estés presente en mi vida, en mi día a día: ciertamente, no puedo dejar de pensar en tí, te veo en cada palabra, en cada canción, en cada dificultad y en cada gracia. Pero como quien añora al amado, como quien piensa en su enamorado. No como quien está en ese momento compartiendo tiempo con él. Con Él. Contigo.
Sé que me amas, que no me abandonas, y todas esas cosas que decimos los cristianos. Lo sé de boquilla y de corazón. Pero también sé que no soy digna de tenerte ni de “reclamarte” para mí, ni de ser tuya.
Y está bien.

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