¿Alguna vez te sientes solo ahí arriba, en la Cruz? En una Iglesia llena de personas, que hablan de un tal Jesús. ¿Sientes que están ahí para ti, por ti, pero… no contigo? Entran y salen, crecen, pasan, y se van, y tu permaneces. ¿Sientes que alguno se fije en ti, más allá de “la historia” que cuentan sobre ti? ¿Sientes que vean el ser humano que hay en ti, debajo de la divinidad? Con sus flaquezas, miedos, dolor, amor y deseos. Yo hoy te miro y no veo a un Dios. Te miro y veo a un hombre con tanto dolor… Veo a Jesús, sus manos grandes y callosas, el sudor en su frente, los pies cubiertos de tierra, sucios.

Y sólo después veo yo a Cristo, hijo de Dios. Capaz de aceptar su tarea, allá en el Monte de los Olivos. Capaz de entregarlo todo, hasta su vida y tanto más. Capaz de amar “hasta el extremo”. Capaz de curar al ciego, al leproso, al enfermo. Capaz…

¿Es la Cruz tu último desierto?

Shemá. Te veo.

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