mano

A veces, el cansancio es tan grande, que no sé qué hacer con él. No tiene principio ni fin, no tiene justificación ni sentido. A veces, siento que la vida, esa que no he escogido, me pide demasiado. Y aunque no dejo de esforzarme, no alcanzo el rellano de la infinita escalera que no dejo de escalar.

Y hoy, uno de esos días a los que no le veo el final, solo puedo pensar:

“Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que tu quieras.
Padre me pongo en tu regazo, soy como un niño débil y frágil. Soy tu pequeño.”

Y mientras en mi mente se repite esta canción, como si fuera un mantra, realmente siento que tus manos se unen y esperan a que esta noche, cuando esté dispuesta a dormir, me acurruque en ellas. Donde me sentiré segura, protegida, donde no me faltará el calor.

Ojalá así sea. Y ojalá también puedas recoger en tus manos el sueño de tantos y tantos niños que sufren por cualquier motivo. De las familias que pasan dificultades, que no pueden cuidar de sus pequeños. De las personas cuyo corazón está sufriendo por la dureza de la vida.

Muchos días, Señor, anhelo la soledad de tu compañía. Te quiero para mí. Hoy, mi Dios, te pido que cuides de todos ellos. Igual que lo hiciste conmigo cuando siendo más joven, te necesitaba.

Estoy cansada, sí, pero si necesitas ayuda, “si necesitas una mano, recuerda que yo tengo dos”.

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