diente de león

Nunca he sido capaz de vivir la Navidad plenamente. Probablemente porque desde niña, nunca he podido asistir a las celebraciones eclesiásticas, y mi familia tampoco las vivía, en casa, con un especial fervor cristiano. Así que los dos o tres primeros domingos de Adviento, las canciones, el sentido de la espera, los conozco y los entiendo. Pero nunca han culminado en algo grande para mí. Más bien en “líos” familiares, exceso de ruido, y lo que ahora veo como “sinsentidos” y “complicaciones”.

De adulta, no he recuperado “el tiempo perdido” y hasta el día de hoy, tampoco es un tiempo litúrgico, la Navidad, al que me sienta especialmente cercana. Probablemente por una falta de conocimiento profundo de lo que celebramos, de su verdadero sentido y significado. Y por otro lado, probablemente, por cierto rechazo personal a la imagen de la familia perfecta, la madre bendecida por un hijo en su vientre. Un rechazo que me ha acompañado durante varios años, y que poco a poco a ido, también es cierto, menguando.

Sin embargo, siempre me ha llamado la atención esa niña, María. Tierna, joven, perfecta. Cuyo mundo se ve sacudido completamente, y en su libertad, dice: SÍ. Con seguridad, pese al miedo. Con confianza, pese al desconocimiento.

¿Por qué?
Y sobre todo, ¿cómo?

Me siento tan pequeña a su lado.

Y a veces siento que ese José, que conoce la situación de María, y sin embargo no renuncia a ella. Y la cuida, y a su Hijo. A veces siento que es un tipo distinto de amor, que es un amor que duele, porque al amar, hace también una pequeña renuncia. A veces siento que M. tiene un amor parecido. Y son tantas las renuncias.

A veces, como mujer, siento que en homilías y discursos, se me anima a seguir el ejemplo de María, y amar al niño Jesús como una madre de tierno corazón. Y amar a María como mi madre. Y he de admitir que me cuesta. Me cuesta lo primero, porque no me reconozco en ella. Y lo segundo, me costaba mucho porque sentía una gran distancia entre nosotras. Distancia que en los últimos años se ha ido recortando, a medida que he ido conociendo más sobre ella y a la vez distintas figuras de maternidad.

Y a medida que nos acercamos, cada día la veo más como Madre de mis hijos, quien tiene ese poder real de cuidarlos, velar por su sueño, reconfortarlos. Mucho más que yo. Mucho más que cualquiera.

María, Madre mía.
María, muchacha. Te veo arrodillada justo antes de la Anunciación, y siento tanta ternura por ti. Y a la vez, tanta alegría. Porque de tu renuncia, de tu sufrimiento, nace nuestra esperanza, mi Amor.

Gracias por darnos tanto. María, Madre mía.

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