Marta y María

Marta y María, que tuvieron la suerte de que Jesús las visitara, en su casa. Siempre me ha atormentado esta escena. Porque Marta quiere darle lo mejor a Jesús, y sin embargo, tonta ella, se lo pierde a Él. Y María para y se queda con Él. Y ya.

Siempre me he preguntado por qué María es “la buena”, “la lista” y Marta es “la tonta”, “la mala” en esta historia. Ella trabaja, se esfuerza, hace, para todos. Si ella no hiciera, ¿qué comerían? ¿dónde dormirían? Porque no, las cosas no se hacen solas.

Sí, lo has adivinado: yo soy más del tipo “Marta”.
Y sí, me suele pesar.

He conocido en mi vida suficientes personas que me han dicho que no pasa nada, que solo hay que relajarse, dejarlo estar, bajar de marcha, ir más despacio.. Pero cuando miro a su alrededor, veo otras Martas, que cubren esos espacios y hacen las cosas de las que ellos no se ocupan, precisamente para que puedan despreocuparse.

Porque no, señores, nada sucede sólo y porque sí. Todo en esta vida conlleva un esfuerzo.

Volviendo atrás, no lo entiendo. Sí, me lo han explicado, muchas veces. Sí, he entendido la explicación. Pero no lo entiendo. Siento pena por la pobre Marta, porque hace todo lo que puede por cuidar y agasajar a todos, el hogar. Y no es recompensada.

Marta también quiere sentarse a los pies del Señor, y disfrutar de su compañía. Marta también desea perderse en sus ojos y encontrarse en sus palabras. Marta querría cambiarse por María. Seguro. Cien por cien. Entonces, ¿por qué no lo hace? Porque su sentido de la responsabilidad es mayor, demasiado grande, demasiado pesado.

Señor, cuida de todas las Martas. Haz que en su vida encuentren ese espacio de calma a tus pies. Aligera de sus hombros la carga que cada día se afanan por gestionar, y ayúdalas a disfrutar de una forma más plena y consciente de tí aquí y ahora.

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