laberinto

me pierdo. Porque a veces, me pierdo. Es como si el mundo fuera poco a poco volviéndome sorda, muda, ciega. Tan lentamente que apenas lo percibes. Hasta que de pronto, un dolor fuerte y punzante te atraviesa. No como una herida, sino más bien como una rotura, porque algo se rompe en tí, no sabes dónde, no sabes cuándo ha pasado. Pero hay algo roto, algo se ha separado, se ha desplazado de donde debería estar.

Y de pronto, no te reconoces.

De pronto, todos te ven igual, como siempre, pero tú no te reconoces. ¿Dónde están tus sueños? ¿Dónde tu criterio? ¿Dónde quedó tu opinión, tu valor, tus sentimientos? ¿Dónde tu energía? ¿Dónde fue a parar tu voz? ¿Y tus lágrimas? Tus sonrisas. Tu mirada. Tus besos.

Y tu mente, llena de cosas, de ruidos, de velocidad, de preocupaciones, de palabras de otros, de deseos de otros; tu mente no tiene espacio ya para nada tuyo, para nada de tí.

Y por eso, te pierdes.

Y tu corazón, lleno de… Vacío. Porque no hay nada, pero nada puede entrar. Porque no hay tiempo, ni espacio, para un corazón, que se vuelve a la vez de cristal y de hierro. Como una armadura impenetrable, frágil.

¿Y mi Señor?
No está en mi piel. Ni en mis labios. Ni en mi corazón. Ni en mi mente.
No está en mi amanecer. Ni en mis sueños. Ni en el aire. Ni en el cielo.

¿Y mi Señor?
¡Y MI SEÑOR!

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