choza

El calor del hogar. Ese que nace en la lumbre y se extiende silencioso por toda la estancia. Que cubre llantos y risas. Que oculta secretos y gestos de ternura. Que abriga abrazos.

El calor del hogar. Ese que nos falta esta Navidad.

Y mi cuerpo destemplado te mira, pequeño, frágil, frío y blando.

Y no te reconozco.

Porque siempre veo una escena irreal: un establo casi limpio, de película; una madre tan entera, limpia, y arreglada; unos animales sacados de cualquier película disney; y un niño de piel blanca como la nieve, ojos azules, mejillas sonrosadas, sonriente.

Y no te reconozco.

Porque no entiendo ese afán de nacer en medio de la perfección más absoluta. Porque es irreal. Porque los seres humanos no somos así. Somo imperfectos hasta el extremo.

Y esa es la grandeza de Dios. Amarnos pese a todo. Enviarnos a Jesús en medio de esta “desgracia” y permitir que naciera pobre entre los pobres.

Esa es la grandeza de María. Continuar adelante pese a su juventud, pese a tener que dar a luz en el último agujero, olvidada, desatendida. Y reponerse, y cotinuar adelante. Adelante. Adelante.

Nunca sola.

Magnificat.

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