De deseos está el mundo lleno. Y de buenas intenciones. Esperamos tanto de los demás, y de nosotros mismos, que inevitablemente nos vemos desbordados de decepciones.

Promesas incumplidas, sueños imposibles, desgracias o realidades que nos abofetean, rompen nuestra esperanza y nos arrastran hacia un lugar oscuro, conocido para algunos, donde ayer y mañana se parecen tanto que a veces son indistinguibles.

Cuando una puerta se abre, nuestra naturaleza humana nos llena de expectativas, prejuicios. Y como en el cuento de la lechera, aventurarnos…

Por primera vez, no te pido nada. No espero nada. Y aunque me gustaría decir que no deseo nada, no es verdad, y lo sabes: en mi corazón albergo un deseo del que me es imposible desprenderme. Pero mi promesa para este año es esforzarme por aprender a recibir lo que venga, lo que me des, lo que suceda. Porque si no confío en tí, ¿qué será de mi? Y confiar no es imponer, ni defraudar. Confiar es aceptar.

Prometo esforzarme por aceptar. Prometo esforzarme. Y sea lo que sea, incluso descubrir mi propia incapacidad para cumplir esta promesa, me esforzaré por aceptarla, y ofrecertela.

Porque si así tu lo quieres, será posible.

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