Sin tiempo para nada. Para ti, ni para mi. Sin un segundo para pensar, sin un suspiro para sentir los días pasan, tan lentos, tan llenos de prisas y quehaceres. Y de pronto, una semana, un mes, un año… Vacíos de sentido. Vacíos de propósito.

El diablo se esconde entre montañas de papeles, en las teclas del ordenador. Me impide recordar que es lo importante. Suprime la luz y la alegría de mi vida. Devora cualquier proyección de un futuro mejor. Me desarma, me doblega, me acobarda. Silencioso y huidizo.

Pero no ríe, no. Porque en el centro, pese al sinsentido, está mi fe. Dura como la roca. Como una columna de piedra. Permanente. Perpetua. Solida. Y yo atada a ella, y ella a mi, inseparables. Puede que la tormenta me zarandee con fuerza, puede que no vea nada en ninguna dirección, que el futuro no esté claro y que dude de todos los fundamentos de mi vida, que me han traído hasta aquí. Pero tu me agarras fuerte, me sostienes a mi y el suelo bajo mis pies.

Y de pronto, solo eso es suficiente. Saber que tú estás. Saber que juntos… Sea lo que sea: juntos.

Porque pese a estar ciega, sorda y muda, aislada del mundo, en cada pequeño detalle, te veo. Ciego, sordo y mudo conmigo. Porque te hiciste hombre, y conoces el dolor, la tristeza, la pena, la desesperanza, y el amor.

YO ESTOY CONTIGO..

Te amo

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