Ana

Querida Ana.

El día que te conocí, vi a Dios en tí. Y al día siguiente. Y al siguiente.

Probablemente, viviéndolo desde dentro, no te lo parezca. Pero me siento muy celosa se que hayas contado con una persona en tu vida, desde el momento de tu nacimiento, que te haya acercado a Dios y haya cuidado esa relación. Tu madre, como María, cuidando de tí, trabajando poco a poco el Amor. ¡Qué hermoso instrumento de Dios! ¡Cuán afortunada ella, y tú… y aquellos que hemos tenido la suerte de conoceros!. Y tu hermano, que es la transparencia, la belleza, sin doblez, sin maldad.

A veces, pienso en vosotros como una versión moderna de la sagrada familia. Sí. Qué locura, ¿no?. Sin exigirle a la vida, sabiendo aceptar lo que venga y sacarle el máximo provecho, sabiendo seguir el camino correcto, sabiendo amar y respetar, sabiendo comprender dónde está la felicidad y dónde el camino a la perdición.

Querida Ana, además de confesar mis celos, en realidad lo que deseo es darte las gracias. Porque tú me das esperanza cuando es de noche, confianza y fé cuando la fuente parece secarse.

Querida Ana, eres presencia y don de Dios. Y sé que Él tiene grandes cosas dispuestas para tí. Y confío en que María, siempre tan cerca de tí, te ayudará a tener la fuerza y el valor de seguir diciéndole SÍ cada día, cada hora, en cada duda, en cada miedo, en cada alegría.

Te quiero tanto. Pero sobre todo me siento tan agradecida por tí.

Querida Ana, gracias.

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