equilibrio

Recuerdo cuando me salvaste la vida. En silencio y sin grandes aspavientos. Tú solo me cogías fuerte de la mano en los peores momentos, y me sujetabas, contigo. Y cuando el dolor era insoportable, apretabas. Y cuando no encontraba una salida, apretabas. Y cuando era más fácil huir que pelear, apretabas. Y cuando miraba la altura, calculando la distancia, tú apretabas más, y más y más. Para que no olvidara que ahí, al otro extremo, estabas tú.

No entendía, y sigo sin entender, el contexto. Siento que tengo una aguja pinchada en el brazo, que va extrayendo, poco a poco pero sin parar, cualquier cosa que aún haya en mi interior. Y yo poco a poco me voy quedando vacía de sentido. He perdido a la niña, a la madre, a la hija, a la esposa. He perdido a la mujer valiente, a la responsable, a la que sabe estar, a la complaciente. He perdido a la divertida, a la devota, a la esperanzada, y a la que vendrá. Ya no están: consumidas, agotadas.

Ojalá fuera capaz de crear nuevos perfiles, nuevas mujeres: la pintora, la escritora, la costurera, la viajera.

Ojalá no fuera esta, la atrapada. Sin pasado ni futuro. Con un solo deseo al que aferrarme, y que desde hace poco, aunque quiera negarlo, ha empezado a darme miedo. Porque, cuando no te queda nada más, cuando solo queda una cosa, una única cosa que da valor a tu vida… ¿qué pasa si también se rompe?

Quiero poder decir que siempre me quedas tú, inmutable, sosteniendo mi mano. Quiero poder decir que es suficiente, que contigo, no importa lo malo que sea, sé que saldremos adelante. Quiero poder decirlo, quiero poder sentirlo, la confianza, la paz. Pero hace tiempo que solté tu mano, que camino libre, y que libre me enfrento al terror de caer, de haber caído.

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